lunes, 4 de marzo de 2013

Nuevo blog

Abrí un blog nuevo, es muy seguro que aquí no vuelva a publicar más, pues blogger no me da muchas opciones en la configuración del diseño, de las entradas, etc.

La dirección es prácticamente igual, el contenido me temo que no será lo mismo, pero sin dudas este blog tiene  tanto de mi, que es parte indispensable de lo que soy ahora, todos esos cuentos, ensayos, dibujos y detalles, toda la pasión que ponía en mis trabajos y la magia de la universidad. Hay que dar un pequeño salto, y ese es por lo pronto mudarse a acá.

miércoles, 15 de junio de 2011

sábado, 2 de abril de 2011

contagio

Después de algunos años de haberse decidido a reducirse exenta de la modernidad exterior, por fin vivía cómodamente en su apartamento y trabajaba desde ahí como correctora de estilo para tres publicaciones de la misma casa editorial: dos revistas mensuales y un periódico de prestigio mediático. En éste mantenía una columna semanal, por lo regular de reseñas de cine y de libros, que cuando se descontextualizaba emocionalmente se convertía en un anecdotario sexual, y eventualmente publicaba artículos en las revistas.

Era una mujer creativa, talentosa para los procesos mercadológicos, aunque ese tópico la abrumaba junto con el vacío del consumismo, por lo tanto se negaba a colaborar en pro de ese mundo de necesidades impuestas y de hipócrita agitación. Pero como la persuasión era uno de sus dones (sabía elaborar guiones atractivos, convincentes y satisfactorios), su segundo trabajo era atender una “hotline”. Para ella era facilísimo responder a las necesidades sexuales auditivas e imaginativas de los usuarios, tanto que podía contestar las llamadas al mismo tiempo que corregía textos en su ordenador. Sólo cuando era una mujer quien llamaba, se detenía y prestaba atención, le intrigaba el motivo por el que una mujer marcaba y mucho más cuando no se trataba de una lesbiana. Se quitaba los anteojos y se concentraba, pues ya sabemos que en las mujeres el proceso del placer lleva un ritmo y tiempos distintos, más se concentraba si conforme avanzaba la llamada descubría que la mujer era frígida y entonces tenía que ser más explícita y hablar con fina obscenidad para prenderle fuego a su libido.

Las demás eran llamadas comunes de hombres con poco acceso a experiencias sexuales y/o tímidos para pagar prostitutas, y los otros eran adolescentes ignorantes que desconocían la disponibilidad de chicas precoces y ardientes; por eso a veces Elena consideraba absurda la existencia de esa línea telefónica, ya que actualmente por todos los sentidos y en todas las publicaciones y aparatos trasmisores se puede tener acceso al sexo. Aun así no le molesta responder cuando llama un usuario, el teléfono timbra muy poco, no hay mucha demanda en la línea.

Su espacio de trabajo era medianamente amplio; una ventana grande frente al escritorio donde disponía una computadora modernísima de teclado ergonómico, a un lado dos teléfonos, uno fijo y uno inalámbrico, el cual limpiaba a diario con un pañuelo por sentirlo contaminado por la suciedad verbal.

Su rutina diaria era sencilla pero no la aburría. Se levantaba no muy temprano pero a una hora decente, semidesnuda sacaba el periódico de su buzón, ponía café en la cocina, después se dirigía la baño, en el excusado hojeaba el diario, leía a grandes rasgos, más bien sólo veía las imágenes que ilustraban los textos que había corregido el día anterior. Después se metía a la regadera y se relajaba bañándose, al salir no se apuraba en vestirse pero religiosamente se aplicaba sus lociones y cremas faciales y corporales frente al espejo. En casa sólo usaba faldas y camisetas estilo masculinas “tank tops” y sandalias compradas en los pueblos zapateros de tradición, estilo oaxaqueñas. Ahora en la cocina se servía una gran taza de café amargo con crema y se iba a donde la computadora para leer en internet las noticias de otros periódicos.

Cada tercer día una señora tocaba puntualmente la puerta a las 9 de la mañana, se encargaba del aseo doméstico, toda la casa excepto cocinar, la recámara y los quehaceres de lavandería, y algunas veces la hacía de asistente. Mientras la señora limpiaba, Elena preparaba el almuerzo e invitaba a su doméstica para hacerse acompañar. Un día en que comían juntas, Elena le dijo a su empleada “Mónica ya no vengas, yo me haré cargo de los quehaceres, ya no necesito que vengas” y le entregó un sobre con más dinero del pago normal de una semana, “gracias por todo”. Terminaron de almorzar, se despidieron con un abrazo y la señora se fue a terminar sus labores, y al cumplirse dos horas y media se fue mientras Elena se afanaba en la computadora, como si quisiera hacer en una hora el trabajo de todo el día. Ya eran la 1:30 de la tarde, levantó la mirada por encima del monitor y enfocó lo que había después de la ventana: su vecina del apartamento de enfrente se entretenía haciendo un nudo en un mecate que pendía del techo del reducido balcón. Elena la miraba, cualquiera diría que la espiaba, en realidad era más factible pensar que la vecina lo hacía para llamar la atención. Este era el cuarto día y la quinta vez que la vecina hacía el simulacro de un suicidio de esta forma y de otras. Por eso Elena despidió a su doméstica, porque suficiente era para Mónica saber que la loca de su patrona respondía llamadas evocando tan puercas escenas sobre bultos y redondeces corporales con potenciales dimensiones, como para sumarle además sus actos de espionaje observando a otra loca, que no se sabe si lo es más por suicida o por montar teatros frente a la ventana de Elena con tales actos de muerte.

La vida sentimental de Elena no era muy afortunada, tenía una pareja desde hace seis años, un escritor prodigioso y mujeriego al que veía una vez al mes sólo para tomar café, caminar y confirmar que se amaban, a veces con sexo, pues éste cada quien lo obtenía por su lado, él con alguna de sus admiradoras y ella, cuando realmente tenía ganas telefoneaba a una prostituta para que la visitara, nunca la misma más de dos veces, con las que compartía su colección de juguetes.

Elena, como muchas mujeres, disfrutaba ir de compras y mantener su casa en constante redecoración. Los demás eran hábitos más que pasatiempos: leer, escribir, tomar fotografías y escuchar música. Lo que más le encantaba de su vida y mayor logro era no tener clientes que atender personalmente y no depender de la satisfacción de ninguno; los clientes de la línea telefónica eran otra cosa, era lucrar con algo absurdo, innecesario y nada productivo, es trabajar con las mentes del colectivo (como la iglesia y la política “pero más rico” pensaba), aunque en esos momentos sea para algunos desahogo y una dosis de placer.

miércoles, 5 de enero de 2011

que pena, siento esa impotencia como la de bernard bertrand, ofendida, y la vergüenza que convierte el suceso en algo indecible

miércoles, 10 de noviembre de 2010

esto no es una reseña literaria

(agosto 2010) supongo, mi necesidad de escribir no es tan grande como la que tengo para pensar y reflexionar.... empecé a leer a Milán Kundera, no "la insoportable levedad del ser", sino otro libro llamado la inmortalidad, que hasta las escasas menos de cincuenta páginas que leí en el café, trataba muy poco de tal concepto (inmortalidad) en sí, pero en la historia narrada en las apenas leídas páginas se vislumbra a través de otros planteamientos como la soledad, el creador y el aparente individualismo. que si bien la historia, ante cualquier lector podría parecerle como un medio que oculta profundas reflexiones del autor, creo que es una suposición equivocada, porque la novela es todo menos malintencionada o científica. Es sencilla, no humilde, sin amargura, y es bella porque no es solapadora, no es complaciente pero sí placentera, pero no por eso es impersonal. ultimamente me parece difícil expresarme y no dudo que muchas veces me equivoco. que más da. si es porque no tengo las palabras exactas, porque no es eso lo que busco, y creo que en una lógica comunicativa menos lograré expresar lo que pienso al respecto de cada cosa que me hace considerar concentradamente, no absorta, sí en deleite personal. y mis pensamientos, que anticipadamente sé de su poca trascendencia, son un placer único, tan valioso momentáneamente. No importa ahora lo impresionada que estoy con lo que leí, no es por sus ideas, pues ya he convivido con ideas similares, es la realización de esas reflexiones en las reflexiones del personaje, porque son más nítidas y reales en él, que al contrario si fueran expuestas por el autor. Porque el personaje las vive propiamente, sin necesidad de escribirlas o exponerlas más allá de su puro y honesto pensamiento. no es maravilloso! el autor escribe sus emociones, el personajes no tiene esa obligación, lo vive, y mágicamente a través del autor sabemos lo que reflexiona, vive y piensa. el personaje es por mucho, menos miserable que el autor y que yo también por tener que hacer eco ahora escribiendo mis emociones (no podré despues de esto quitarme el mote de ingenua lectora, lo se). en el libro, más que ahondar sobre las cuestiones del bien y del mal, como estaba acostumbrada a leer en Hesse, alabo el pensamiento puro del personaje, ni siquiera me importa que sea una extensión de las reflexiones de kundera, alguien puede creer lo emocionante que me parece esto. solo veo que el escritor es buenísimo, aunque demerite (sí lo hago) la fama que tiene bien ganada (convencida de que la tiene bien ganada por lo buenísmo escritor que es, por que ahora lo descubro) me emociona la lástima que siente el personaje, el anhelo de soledad, porque aunque reconoce que sus pensamientos son malos o reprochables, son justos, sabe exactamente lo que quiere, sabe que sus pensamientos no son infundados y sabe de su razón, aunque sea indulgente con este mundo y se limite a la insuficiente independencia humana. aún no logro expresar, pero no me avergüenzo de mis formas limitadas de comunicar, mejor lean el libro, que si quiero trasnmitir algo sobre él, seguro fracasaré mediocre, porque ni soy escritora, ni tiene sentido debatirme en una paráfrasis personal, si con todo esto omg! no intentaba trasmitir mi punto de vista, debí decir desde un principio: empiecen a leer la inmortalidad de milan kundera. fui al café, para no quebrarme la cabeza entre mis limitaciones, mi jaqueca y el clima soleado y agobiante. es suficiente pretexto para salir de casa, que es de donde nacía mi jaqueca, aún sabiendo que el mejor café que pueda probar en todo el mante lo tengo en mi casa (cargado, no muy dulce, no muy chafa, finamente molido, puertorriqueño y con un nombre fascinante: café crema). porque aunque en otro lugar lo pida cargado, no vale la pena si el café no es bueno o de sabor indiferente a mi gusto, por no decir que en algunos lugares el cafe se siente inclusive viciado. la urgencia era salir, y fui al cafe que menos defrauda mis peculiaridades respecto a esta bebida. llegué, pedí una bebida distinta y fría, lamenté no haber traído conmigo pluma y cuaderno, y como ya había llorado suficiente con los pensamientos y desilusiones del día, no quería volver a recurrir a ellos, sería una pena que me salieran lágrimas una vez fuera de casa y en un lugar público. me dirigí, por no dejar, al estante de libros, sabiendo de antemano que ninguno era de mi gusto, la mayoría parecen best sellers contemporáneos que no me convencen, no me convence saber de ellos por sus ventas y lectores comunes, mucho menos si no sé de ellos por otro rasgo más excepcional que por las ventas, por la prensa mediática o por un lector común de best sellers. ya sabía que no valía la pena reparar en los títulos, ya lo sabía, pero aún lamentaba no haber cargado algo para escribir, así que repasé los títulos. ahí estaban los best sellers, la mayoría de isabel allende, novelas que revelan misterios, la mayoría sobre la iglesia católica, Dios y de mayas, y el resto eran de superación, biografías baratas de personajes de la historia (no digo que no puedan ser buenas, pero nadie podrá negarme el hecho de que son ediciones baratas). y ahí estaba el título 'la inmortalidad', nombre que me hizo rechazarlo como a los otros libros, después leí 'milán kundera', eso me atrajo y lo tomé. y eso que no he leído la insoportable levedad del ser (por motivos circunstanciales) pero sé que es buena por renombrada y recomendable, así que aunque nunca había oído sobre 'la inmortalidad' me figuré que estaría bueno, pero seguía regularmente convencida aún, hasta que lo empecé a leer. qué emoción me ha dado esa lectura, tanta que no es posible reproducirla ahora, solo escribo lo que debí haber escrito desde un principio: empiecen a leerlo. con todo esto, aprendí hoy una lección, me di cuenta de que no vale la pena esforzarse en una paráfrasis que resultará insuficiente, debí solo decir: 'leí esto y me emocionó', aunque esto, de tan mínima extensión, es muy pobre para alentar a alguien más a probar la misma experiencia.

viernes, 23 de julio de 2010

hoy a todo mundo se le hizo tarde, menos a mí.. porque cuando dejo de disfrutar la vida, me vuelvo puntual...

martes, 6 de abril de 2010

“Se volvió loca por él. Perdió el sueño y el apetito, y se hundió tan profundamen-te en la soledad […]Elaboró un intrincado enredo de compromisos falsos para desorientar [a sus padres], perdió de vista a sus amigas, saltó por encima de los convencionalismos para verse con Mauricio Babilonia a cualquier hora y en cualquier parte. Al principio le molestaba su rudeza. La primera vez que se vieron a solas, […] él la arrastró sin misericordia a un estado animal que la dejó extenuada. Tardó algún tiempo en darse cuenta de que también aquella era una forma de la ternura, y fue entonces cuando perdió el sosiego, y no vivía sino para él, trastornada por la ansiedad de hundirse en su entorpecedor aliento de aceite refregado con lejía. […]tropezó de pronto con un espacio de lucidez dentro de la locura, y tembló ante la incertidumbre del porvenir. Entonces oyó hablar de una mujer que hacía pronósticos de barajas, y fue a visitarla en secreto. […] ella le reveló que la ansiedad del enamoramiento no encontraba reposo sino en la cama. Era el mismo punto de vista de Mauricio Babilonia, pero Meme se resistía a darle crédito, pues en el fondo suponía que estaba inspirado en un mal criterio de menestral. Ella pensaba entonces que el amor de un modo derrotaba al amor de otro modo, porque estaba en la índole de los hombres repudiar el hambre una vez satisfecho el apetito. […]. Se entregó a Mauricio Babilonia sin resistencia, sin pudor, sin formalismos, y con una vocación tan fluida y una intuición tan sabia, que un hombre más suspicaz que el suyo hubiera podido confundirlas con una acendrada experiencia. Se amaron dos veces por semana durante más de tres meses […]”
Fragmento “Cien años de soledad”, historia de Meme y Mauricio Babilonia

viernes, 27 de noviembre de 2009

VÍA (febrero 2007) La vía son durmientes que soportaron la carga de vagones de ferrocarril, durmientes que a mi paso nunca se acomodaron. Son rieles responsables de la separación constante con sus compañeros paralelos que permitían a las ruedas del tren deslizarse. La vía y los vagones alguna vez utilizados como oficinas son refugio de hombres y mujeres alienados que caminan torpes y no temen a los rayos del sol que queman su piel; es hogar de aquéllos que se dejan llevar por sus naturales instintos, que poco saben de los conceptos de normas, pautas, del bien y el mal, o simplemente lo ignoran; carecen de razón, obedecen a sus sentidos, así andan y regalan su sonrisa a cualquiera que pase delante de ellos, balbucean palabras, apuntan a algo que nadie más ve, dicen nombres y creen reconocer a ese alguien en cualquier rostro. La gente los llama locos y dicen que no tienen remedio; unos porque se quedaron en un instante que convirtieron en su eternidad, o perdieron la conciencia, y otros que se extinguen las neuronas porque inhalan la alternativa que más les satisface. Como éste al que veo, ya encontró el sentido a su vida, lo inhala y no lo comparte, ese vaho de solventes cosquilleando en su sedienta nariz. En la vía la locura se vuelve cualidad, como un ideal. Porque la vía no exige, otorga libertad, invita a jugar y a olvidar. Acoge a los que se detienen a descansar e interrumpen su trayecto. Les entera que nada es para siempre, los priva de esperanzas pero es generosa al dejar descargar el dolor. La magia de la vía consiste en que no existe la comprensión pero sí la tolerancia, no juzga ni hace distinción en los pasos que la atraviesan. La belleza esta en las hojas que se dejan manipular por el viento, en el rojo de los ladrillos que no se gasta ni envejece, en el pasto que acaricia la rudeza de los rieles, en las nubes que comparten su fugacidad con los recuerdos de los quehaceres ferroviarios. Lo bonito está en el balido de los chivos que hace eco en la vía desierta sin ruido de mecanismos de tren que los intimide, está en mi mente que recrea destinos fantásticos para satisfacer mi anhelo de recorridos en ferrocarril, y me lleva a imaginar formas de vida que mis ojos no vieron; gente humilde que aborda los vagones, comerciantes, familias que van a visitar a más familia, faldas ondeantes al subir, manos que se despiden, gestos de apuro, caras sonrientes o caras de amargura que asumen el tedio del camino. Siento el murmullo de otros años, voces y gritos, y en un esfuerzo vuelvo a sentir el temblor que anuncia la marcha del tren que ya partió, ese temblor que vibraba en el callejón enfrente de mi casa. Don Justino, que trabajó como de supervisor, me contó detalles de la vía y la estación, del servicio Express, de las mercancías, del pasaje, del sistema, de los registros y guías, de los horarios, de lo económico que resultaba el servicio, del olor de los durmientes impregnados de creosota para que no se pudrieran, me platicó del taller de máquinas, del que sólo queda la armazón en la ‘Y’ que permitía a los trenes acomodarse. Me habló de lo bonito del paisaje cuando se iba hacia San Luís, porque el tren subía y rodeaba la sierra, y la vista se volvía especial, los sembradíos reducidos a trazos geométricos de varias tonalidades de color tierra y verde, el aire purificaba los vagones. En cada parada se daba la vendimia de artesanías, cacharros, productos de rancho, antojitos y dulces, y se llegaba al destino más cargado que al inicio. Me contó también de las angustias cuando el clima no era benévolo, del trabajo y de la responsabilidad en cuanto al pasaje, llevándolo a través de campos y por encima de ellos. En la vía hay dos árboles que me atrapan, un guamúchil y un eucalipto. El guamúchil es el más generoso, de éste árbol son los momentos de parsimonia, está dentro de un terreno cercado donde también hay una casita. Todavía no descubro si alguien vive ahí, abro la puertita y entro, ahí me espera el tronco del guamúchil que besa el suelo, se aferra a él y se esconde detrás de la vía para que la gente no se percate de su vejez. Su corteza dura, rugosa va con mi resistencia a que avance el tiempo. El tronco es fuerte y su curva condescendiente, me siento segura. El viento acaricia a las hojas y a mí. Ahí montada leía los incontables romances de Goldmundo. El eucalipto de tronco recio, junto al vagón, tiene aspecto sobrio, inmutable a pesar de sus capas y eso porque al menos en el tronco se siente una obstinación de no renovarse. Los ojos siguen los dibujos que forman las líneas en él y los dedos tiemblan al recorrer la sinuosidad de la corteza, algunas de sus ramitas ingenuas se asoman a una ventana del vagón, ya no hay vida dentro, solo la que el eucalipto puede aportar; ignorado testigo de irrecuperables momentos, recibe de las nubes el aire y de los chivos el excremento, que rueda hasta toparse con sus raíces grotescas. Me gusta la vía porque vuelvo a ser niña y soy feliz, se sabe ya que el retorno a la infancia permite descubrir lo que somos, la esencia, lo que no envejece, la raíz, y es en esos momentos de libertad que encuentro mi justicia. Para la ocasión, mi ropa esta sucia y mi piel también, el viento hace de mi cabello un nido, la tierra me vuelve gris, la vía aparta la tensión de mis brazos y el peso de frustración, tengo la mirada extraviada y en la garganta un grito. La vía es retorno a la niñez, amor a la raíz, a lo natural, a eso que el sistema no conquista, y que apenas descubre para dominar y exterminar, lo que en mi interior surge a costa de leyes y parece no haber ni mal ni bien. La estación no se extraña de mi presencia, ha sufrido la tortura de vándalos y de autoridades, vejaciones por parte de los primeros y prevenciones, medidas o remedios inútiles de los últimos, ni hablar del monumento de desechos y basura por los vecinos, pero ni un ladrillo ha cedido. No se extraña de mi y nos damos mutuos consuelos. La vía presta sus rieles y durmientes para mi reflexión, para permitirme reposar ahí la vista, me hace creer que nunca acabarán, y en completa ausencia de razón descubro ahí más infinidad que la que poseen los números. La voz que escucho es la mía, mi alma se despoja de la estúpida conciencia y se libera en un grito, en un lamento, en una canción; el edificio escucha y replica con la misma voz, mi voz. Es vía para depositar tristezas y nutrirse de imágenes y letras. La vía para caminar, para dar pasos lentos por sus curvas, para sentarse en los bloques de madera, para respirar el aire fresco que ensancha las fosas nasales. Vía para ser espectador de algo memorable, para olvidar, para llorar mucho, para huir…
unas imágenes de la vía (2005)
más cositas... cartel de cuando cineclub en UVB (febrero 2007)

un ojo (plano seriado)

varios fanzines de la 2da. edición (sniff sniff)
unas imágenes de por ahí de cuando cargaba a diario mi cámara (lab. de fotografía) "feelin' blue" un dibujo de eva-eréndira-meme
me hice un cuaderno nuevo !

martes, 11 de agosto de 2009

desnudo publicitario, para condones 'prudence', sólo muestro esta foto, para proteger el anonimato de mi modelo, buh! ps nimodo...

martes, 4 de agosto de 2009

Zoé y sus derivados recuerdos Actualmente todos los recuerdos se convierten en nostalgia y nada más, como si toda mi vida fuera una tristeza y los días más felices sólo quedaron en letras prohibidas y en rayones desesperados por expresar momentos de perverso significado. Ahora veo un DVD de Zoé (el 281107), un grupo de quien fui fan, no me da pena admitir que me sé todas sus rolas. Las canciones del tour (del álbum MRCYECADLVL, sí el álbum medio emo) son el soundtrack de un incipiente otoño de noches frías y húmedas: octubre del 2006. Era un disco que se repetía sin cesar (a veces hasta por dos días, por supuesto ya no sirve, esta rayado) acompañándome cada anochecer, antes de las 8:30 pm. Mientras me arreglaba para asistir a los eventos del FIT; llegaba de la escuela que hasta ese momento solo me ofrecía decepciones, tenía un mes en la universidad, nada ni nadie ahí llamaba mi atención, los compañeros me trataban como bicho raro (menos uno, Macario que a todo esto me hizo un dibujo de memo rex commander y se lo rechacé) y los maestros me adulaban por mis muestras de potencial intelectual, buh. En fin, me preparaba para asistir al evento en turno según un calendario tan variable como el frío, el viento y la lluvia de esos días, para ver a Héctor y a Juan Luis, mis únicos compañeros en tales noches; estar en medio de ambos se volvía parte de un ritual donde encajaba como pieza perfecta sin tener que dar razones, entre quienes nunca me sentí fuera de lugar, me recibieron sin condiciones y no sé como explicar, realmente no sé, quiero creer que fue mucho más que el hecho de sentirme aceptada por vez primera en mi vida, me satisfacía sentirme niña y que no exigieran de mi una opinión forzada, me sentía bien siendo honesta, sin esconder nervios, admitiendo que había miles de cosas que ignoraba. Empecé a conocer sus maneras de observar, la forma en que Juan disfrutaba de la música y del teatro, conocí la meticulosa inclinación esteta de Héctor, aprendí a hacer a un lado lo que pensaba la gente de mi (mmm..., la muy poca gente asistente) y cerraba los ojos para disfrutar en la oscuridad de mi corazón la música que movía mis pies, manos y cabeza. Recuerdo el viento en el Julián Carrillo que deshojaba al árbol, recuerdo amenazas de lluvia sin cumplir, recuerdo que me cagó un pájaro y la música me hizo olvidarlo, la mierda se secó en mi blusa y despedía un olor rico parecido a granos de café. Recuerdo más sensaciones que imágenes. Recuerdo un infantil animo confiando en que todo cuanto hiciera valía la pena, mis desvelos eran por hacer máscaras después de ver a Julieta Venegas, por pintar ideas que ya urgían plasmarse, por corazones, cerebros, ojos y fetos, por música y por miles de planes, por ideales y momentos perpetuados por la emoción de vivir anticipadamente mis esperanzas. En todo eso estaba Zoé, mi par de amigos, caras desconocidas que había que ver a huevo, mi mundo dándose chance de florecer, pero no estuvieron mis ejemplos a seguir nunca seguidos: mis hermanos. Escribo y escribo como alguna vez lo hice, hasta el día de la tajante recomendación de mejor no hacerlo. Los problemas empezaron como el espanto ante una pantalla de cine, mis fantasías no deberían haberse materializado, de hecho nunca fueron, pero los lápices y la tinta se volvieron traicioneros, manifestarse me trajo sólo cosas malas y muy pocas buenas. Ahora, sin mentir, se de mí muy poco, no me sé ver, no se que ven los demás y lo que veo y tengo para decir apenas les importa a uno o dos, me avergüenza no saber quién soy. Ya sólo recolecto historias que me juran que estuve ahí, que me fue importante en algún momento y que sacuden el corazón y hacen nacer estúpidas (sí, estúpidas) lágrimas. Ya todo ha sido deformado y solo hay ecos que gritan que todo fue malo y mal hecho, que es una pena pero que irremediablemente no pudo haber sido de otra manera. Ya no puedo escribir más, lloro de lo inútil que resultan todos los intentos por ser alguien, o ser por lo menos lo que antes fui. Pero ese otoño fue una buena época, creo que sonreí en dos o tres fotos, creo que mis manos hicieron algo creativo y colaboré en algo para la memoria de los pocos que empezaban a saber de mí. Pero los traumas, la ansiedad y la perturbación siempre han estado, antes y después de ese otoño. Mientras todo, nunca fue más tangible la existencia de Mauricio Babilonia. “Pero siempre que me acerco al fuego, se me escurre el diablo”, era mi lema. Paula, The Room y Nunca fueron los temas antes de ver a Julieta Venegas, cuando escucho esas rolas me llega el olor del gel de fructis que usaba entonces, un bodysplash que la memoria no distingue a la perfección su aroma, mis pelos parados y mi aire lésbico de sin querer. The room es otra historia. Antes, cuando corría lo último del 2004, era LOVE la canción de mi vida, yo dibujaba a León “Principito” Larregui, escribía con pulso veloz las líneas de Love una y otra vez, escribía, escribía, algo debía haber porque yo escribía mucho, mis tardes en una biblioteca a principios del año, frappes después de que mi hermana se hartaba de comprar en e-Bay enviando sus adquisiciones a California (Mercedes empezaba a irse),… no ya no, no más recuerdos por favor…

lunes, 3 de agosto de 2009

nos acariciaba la tarde sólo los dos, a nadie le importamos insospechada relación nuestra primera fotografía Somos dos que poco se ofrecen a la revelación del actual narcisismo social, no nos importa darnos a conocer porque a nadie le interesa conocernos, mucho menos saber de nuestra historia, la conexión existente, además rechazan lo que tenemos... como pareja estamos miserablemente solos, individualmente nos adoran, pero juntos nos ignoran. A nadie le atrae fotografiarnos, incluirnos en un álbum en línea, de portal y de redes sociales en el ciberespacio... nadie se apunta a opinar, ni a aportar, ni a echarnos porras, ni a criticarnos, no le importamos a nadie y al mismo tiempo no quieren vernos juntos. Porque nadie ha propuesto una foto de los dos, ¿para qué? ¿para ocultarla en tu segundo cajón o en el tercero (el de los objetos olvidados y de otros avergonzantes)? ¿para qué?, si más bien, hay quienes piensan que es un atrevimiento salir juntos a la calle y exponernos, y si en mis fantasías aún permanece la idea de tomarnos de la mano ¡wow qué loco! Somos ignorados conscientemente e inconscientemente reprochados. Pero aún estamos juntos, clandestinamente, para pena de los tuyos y de los míos, ni modo. Como si al intentar nuestra fusión nos condujera al colapso de nuestras vidas, a la ruina total (personal y social), pero yo sólo se que nomás contigo soy y tú nomás conmigo eres. Aquí tú eres el hombre (mi hombre) y yo soy la mujer (tu mujer) y si es verdad que nos arruinamos inevitablemente, nunca dejará de ser sublime el resultado. Mira amor, yo te entiendo y tú me entiendes, que nos entienda el mundo sería una hazaña, dejémoslo así; sólo somos dos locos. Ahora tenemos una fotografía, y podría profundizar más en esto de por qué chingados nadie nos ha tomado una foto juntos, ah perdón, es que tú y yo no somos nada... ja, aunque sea evidente nuestra pasión y el hecho de pertenecernos. Esto no es ocultarnos, es hacerle al pendejo, pero los de alrededor están tranquilos y nosotros también, es un status quo que a veces desespera pero compensa el latente conflicto, y sé que el tiempo nos dará la solución y ojala un buen título (novios, amantes, amigos, camaradas, pareja, o simplemente nuestro respectivo recíproco "peor es nada"). Pero sabes, he de decirte que me muero de las ganas por mostrar nuestra foto y que vean qué bonitos así tú y yo. Ya han pasado cuatro años y aún estamos aquí (también en una foto), tenemos la historia más bonita y enloquecedora de lo que cualquiera pudiera imaginar, y te amo más que nunca.Pensé algo mamón, si tú y yo nos uniéramos en un compromiso de ésos de los que se festejan en grande, no tendríamos padrinos, jaja.

lunes, 30 de marzo de 2009

bueno... a la siguiente serán los detalles del fanzine un.lugar (otra vez ando de rapidín)
pero aqui va lo que salió de la reva...

sábado, 28 de marzo de 2009

de rapidín, se me había pasado, el 12 de marzo salió el primer número del fanzine, ahi en la otra cuento los detalles...chido!

martes, 24 de marzo de 2009

un dibujo de nahui olin, lo hice mientras las horas de mi servicio social en la biblioteca, cuando el bachillerato (hace 4 años), puros recuerdos que solo a mi me importan. el pedo es que el diario donde estaba dibujado me lo robaron, bah!

miércoles, 21 de enero de 2009

siento que los rayos del sol se filtran por los huecos de mi calavera, porque hoy mis ojos son transparentes...

viernes, 5 de diciembre de 2008

en esta época amanece más temprano... y no vemos cómo se ilumina tu cama lentamente... ¿debo visitarte más temprano? ¿debo dormir una noche entera contigo?

jueves, 4 de diciembre de 2008

no tengo más que decir, me vuelves loca, pero ya no se que va a ser esto... aunque niegues tus mariposas, yo las siento y eso es porque aún estamos cerca, aún tu piel, todavía mi piel... cada vez recapitulando, haciéndonos los ajenos, despertándome en las noches, tú despertado por mi, por el tormento de mi falta de fidelidad... ahogándome en las posibilidades, en recuerdos, en errores... añorando tus besos... y los dos escarbando los sitios donde los dejamos... yo de 17, tú de más... por qué tan dificil esto?

jueves, 16 de octubre de 2008

El sapito Sapilósofo Sapiencia se va del pantano
(verano 2007)
En una noche de octubre la lluvia caía del cielo en gotas estruendosas y pesadas en un pantano de aguas estancadas en profundidades cenagosas, formando charquitos entre las hojas y las piedras. Al día siguiente, el sapo Sapilósofo Sapiencia, de once días de nacido, quien por primera vez había contemplado la lluvia, salió de su refugio para recibir el calor de la mañana. Dio apenas unos brinquitos y observó unas gotas de lluvia en una hoja y pensó: - “el agua del cielo es limpia y cristalina, muy distinta a ésta, la del pantano” – se acercó un poco más y vio su reflejo – “y ahí hay algo, ¿qué es?” – sus ojos saltones miraban asombrados al igual que los de la criatura en el agua – “pero, ¡ése soy yo!, esas ancas son las mías, también esas verrugas y esa piel gruesa y verdusca, ¡ah, pero mis ojos, ésos no me los conocía!, son grandes y saltones” - se distinguió de arriba abajo en su reflejo, se apenaba de su aspecto y a la vez se deleitaba en su vanidad. Después, aún ensimismado, brincó hacia el pantano y se paró sobre un nenúfar, se quedó ahí inmóvil por horas, pensando y pensando mucho que le quedaron las patas entumidas y sus ojos de buen pensador mostraban la sabiduría evidente hasta en su nombre. Libélula y Escarabajo veían a Sapilósofo y empezaron a preocuparse: - ¿Qué tiene ese sapo? ¿por qué se queda ahí parado?, ¿se estará muriendo? – dijo Escarabajo. - ¡Cómo crees! Si es apenas un chiquillo. Lo que pasa con éste es que piensa mucho, sólo eso hace. Es muy sabio y entiende cosas que nosotros no. Así se queda todo un rato; habla poco, come poco, se mueve poco, pero ¡ah cómo piensa! Para esto ha nacido este sapito, por eso se llama Sapilósofo Sapiencia – dijo Libélula. Escarabajo propuso: - ¿Y si le preguntamos qué tanto piensa? - Me parece buena idea – contestó Libélula. Se acercaron los dos a Sapilósofo: - Hola sapito Sapilósofo – saludó Escarabajo. - Hola Escarabajo, buenos días Libélula – respondió el sapo. - Buenos días, Sapilósofo – dijo Libélula. Escarabajo le preguntó al fin: - Oiga sapito, usted que es tan inteligente, díganos joven pensador, ¿qué tanto piensas? - ¡Qué atento señor Escarabajo! Me halaga usted mucho, pero ¿de verdad le gustaría saber lo que pienso? – dijo el Sapilósofo. - Por supuesto sapito, ¿verdad que nos encantaría saber Libélula? - Claro, le hemos observado y nos parece que usted sabe mucho. Anda, díganos ¿qué es lo que usted tanto razona? – dijo entusiasmada Libélula. El sapito dudó un momento, pero al fin habló: - Miren, después de tanto observar, ahora me he dado cuenta de muchas cosas. Desde que nací he visto y saboreado esta agua viciada y turbia, he olfateado los vapores que se elevan de este pantano, me he deleitado brincando de lirio en lirio, y de cuanta materia flota por encima de esta fango. Después de la lluvia de anoche y de haberme visto en el agua clara, veo que mi piel gruesa y pardusca es como el color de la nata superficial del pantano, mis verrugas son como las burbujas que se generan cuando el cocodrilo se zambulle y el resto de mi aspecto son como este pantano. Mi naturaleza es la misma que la del pantano, la misma quietud y parsimonia. Y hoy, después de haber vivido toda mi existencia en este lugar, he decidido mudarme y huir de este eterno estancamiento. Quiero conocer un lugar donde el agua fluya libre, y la luz reciba su reflejo en aguas limpias y le devuelva su claridad, no como aquí que la absorbe y la asfixia el lodo nauseabundo. Voy a buscar un lugar donde la corriente del agua regenere mi piel y la bañe a diario, un lugar donde los animales luzcan más vivos, menos mortecinos; aquí mi cerebro se siente infructuoso y mis ideas, sofocadas. Libélula y Escarabajo se quedaron pasmados, no sabían mucho sobre las palabras del sapo filósofo, pero entendieron de alguna forma lo que decía. - Ay sapito, pero es usted muy joven, le falta madurar, está muy chiquito para decidir así; espere unas semanas más y verá que va a cambiar de opinión – dijo Escarabajo algo confundido. - Además ¿cómo va a hacerle?, usted no conoce nada fuera de aquí – argumentó Libélula. - Ya sé, pero ahora me siento seguro. – Sapilósofo respondió. Escarabajo habló alzando la voz: - ¿Han escuchado lo que este sapito ha dicho?, señor Cocodrilo, moscas, bichos y lagartijas, ¿han oído al sapito?, a este muchacho le hizo daño pensar tanto, ¿cómo va a dejar el pantano? ¿cómo aventurarse así? Todos los animales del pantano empezaron a alegar, “¿cómo es posible?, ¿qué le pasa?, ¿cómo va a irse?”, se escuchaban las voces de los demás, “ya no pienses tanto, deja de pensar, aquí esta bien todo, no te hace falta nada”. Sapilósofo trató de tranquilizarlos: - Calma, no es para tanto. Yo sabré salir adelante. - Y ¿qué vas a comer? – preguntó preocupada Libélula. - No sé, lo que encuentre. - Y si te da frío, ¿y si corres algún peligro? – dijo Escarabajo. Cocodrilo agregó: - ¿y si algún depredador te aniquila?, no todos serán piadosos como yo. - Sabré como defenderme – aseguró Sapilósofo. Entre más animales lo abordaban más retrocedía Sapilósofo. - Déjenme ir, seguro me irá bien. Se dio la vuelta y se fue dando saltitos. Brincó y brincó mucho, como en algún momento pensó mucho. El pantano y el olor a hierba pútrida parecían no tener fin. Nueve días anduvo brincando y andando hasta que se sintió completamente agotado y se desmayó rodando por las piedras, y las raíces de los árboles lo condujeron en su caída hasta que ya no hubo más pendiente, y su cuerpo se detuvo aún inconsciente. Sapilósofo estuvo así por medio día hasta que su cuerpo se reanimó con un fresco y estimulante golpeteo. Sapilósofo sintió el agua fría por su redondo cuerpo como una energía que le devolvía la vida. Abrió los ojos y se vio en medio de un pequeño arroyo de piedras brillantes y pulidas, resbaladizas sin rastro de moho, que lo detenían. Supo entonces que había llegado al lugar que había anhelado.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Del 27 de noviembre del 2006
Se hunde en lo onírico y vuelve a emerger. Ella. Prueba un poco más y allá va, al inicio del sueño y cambia su final cuantas veces ella quiere. En el fondo del océano vio una raíz, con sus ramificaciones retorcidas que formaban la silueta de una mujer, era una señal. Entonces confirmó que su raíz es materna. Él sostuvo con su mano la foto de la actriz hollywoodense, la Monroe, con la otra iba moldeando en el barro el cuerpo delicioso. El barro estaba suave y se dejaba manipular cediendo su voluntad a los dedos largos y recios de Juan. Tenía años enamorado de esa estrella de cine, perdida en la fatalidad del suicidio. En el taller había setecientos noventa y tres esculturas de Marilyn, mil seiscientos cuarenta y un dibujos, miles de fotografías y otros cientos de recortes, de la sonrisa semivulgar de esta mujer. Un cuerpo desnudo deambulaba por el estudio, esperando que Juan dejara esa foto a un lado y se inspirara en él. Ella. Así anduvo una hora y media formando torres con latas antes de que Juan se percatara de su infantil desnudez. Pero Juan no le hizo mucho caso, la ignoró consciente de que era muy bella y que era buena idea dibujar sus curvas, pero no iba a ceder pronto. Carmen salió al campo, aprovechando que ninguna alma andaba por esos rumbos; solo se cuidaba de caminar por los senderos cuyos arbustos no alcanzaran a tocarle el sexo, para no lastimarse. -la escena de un perro andaluz, donde el hombre secciona el ojo de una mujer y brota de la cavidad una carnosidad blanda, como ostión, como un pequeño vómito.

martes, 14 de octubre de 2008

Del 17 de noviembre del 2006

Es impresionante el cuerpo humano, no me refiero a la anatomía desde el punto de vista biológico, aunque claro es apreciable la perfección del cuerpo, los sistemas y su funcionamiento; más bien me agrada más el lado estético, la belleza, esa belleza natural que rebasa cualquier estereotipo que difunden los medios. En mi opinión, creo que un cuerpo es el mejor motivo, objetivo, para cualquier manifestación artística. La fotografía, la pintura, la escultura, la danza, cualquiera que utilice de musa un cuerpo, si es femenino es mejor; las curvas delineadas, los muslos, el sexo, un rostro, el cabello, las manos, un brazo terso, el hueco de la axila, un ombligo, una mirada, los labios, el ceño, las nalgas, las costillas, la espalda, ah una cintura. Otra arte es también el vestido, el cuerpo es muy bello desnudo pero lo es también con ropa, poca o mucha; es interesante la creatividad de los diseñadores de moda, combinar texturas, colores, tejidos y cortes que cubren la figura. Seguro soy de las tantas que desearían conocer todos los secretos de las tendencias en el vestido, diseñar ropa, vestuarios, etcétera. Ja, da pena admitirlo: soy una esteta. Estoy recordando las pinturas de Onésimo Gallardo.

Héctor Cortez
¿Y quién hurgaba entre los escombros de la misma vida el sentido que se había llevado el aire, quién sufría lo aparentemente absurdo y vivía aparentemente loco, y esperaba en secreto aún en el último caos errante revelación y proximidad de Dios? El lobo estepario / Hermann Hesse
Éste también era Héctor. Sus dibujos son resultado de una depuración de observaciones que se remontan hasta su infancia, en las que reconoce y sabe recobrar dimensiones despojadas de toda periodicidad, de estos fragmentos de tiempo que han visto al mundo en su decadencia; en ellos, la conciencia y la condición intrínseca del hombre manifestados, nos sitúan en lo que había en un principio, lo que está sólo en la memoria del espíritu y en el retorno a una raíz. Está ahí la reflexión y el cuestionamiento de lo que rodea; su obra es el aviso de verdades que no cambian, él es transmisor de lo inalterable, comunica de dónde venimos y de algo que no debe olvidarse. Dibujos de tan finos trazos, de insistente perfección y percepciones clásicas. Sus cuerpos procuran una nueva piel libre de cáscaras del tedio; cuerpos que huyeron y se perdieron, raíces que permanecen en los interiores de lo eterno. Rasca esperanzas que al final no se agotan, son costras imprescindibles para su evolución. Artista y heredero de atributos creadores como de quien ha sido hecho a imagen y semejanza; si alguna vez ocurrió la idea de negar su talento, no podría, dibujando paga el impuesto del propósito para el que existe. Es un hombre sensible de espíritu, apasionado, admirador del orden, de intranquilo corazón, de aliento apacible, de sabores únicos, de ideas, de lentos cambios, gobernado por una cabeza que maquina sin aviso. Él, que se resiste a la podredumbre impuesta; con los ojos absorbe y despoja, con las manos devuelve. Sus dibujos no pierden secuencia, ninguno se aísla; en cada línea que los constituye es irremediablemente Héctor.
del 4 enero 2008
… que si Hesse es o no uno de mis favoritos, aunque reniegue e intente no dejarme seducir por su estilo, es difícil resistirse, y aun sin afanes de identificación, es verdad que la manera en que describe algunas cosas es semejante a como las veo a algunas veces… es innegable la influencia, sí es atractivo un personaje como Harry Haller, pretendo no sólo aceptar eso como parte de una excentricidad, como suelen algunos lectores, y no porque me crea más, es sólo que en efecto, como Haller, desprecia el sarcasmo y la ironía, así a una simple impresión y sencillez, que tanto me ha costado definir, excluyendo por supuesto también cuestiones de espiritualidad que las deja evidente como algo de verdad alejado de lo que trata de ser… ni hablar de la manera en que describe a los tiempos y a la sociedad, ni hablar de cómo las almas, lo atemporal, las comparaciones y enfrentamientos de épocas, de naturalezas, la ambigüedad,… más aún la incompresible relatividad de todas las cosas… sí coincido mucho, para que no se malinterprete es mejor no manifestarlo, para no resultar una tonta y rendida admiradora…
(ahora para mí indescifrable... qué putas escribí??)

Muchas veces idealizo los ojos como si iluminaran e irradiaran luz, ya se que al contrario, son ventanas, como si la óptica hubiera errado, la reflexión no es a las pupilas sino a lo que apuntan, creer entonces que éstas proyectan luz, creer también que las cosas del exterior – fuera de nuestros ojos- el ambiente y todo nos observan… tiene más razón al final lo que concluimos al observar, tanto que lo demás –lo de afuera- debe admitirlo así, la razón esta en los ojos entonces, que ya no contemplan, sino revelan… es la razón del alma del hombre, y no la razón de la creación… donde está la verdadera raíz?? Afuera o dentro?? afuera es verdad, adentro es engaño… adentro es verdad cuando admitimos la misma verdad y de la que da constancia lo de afuera respecto a lo de adentro y viceversa, esa debe ser la raíz y a mi no parece conveniente … prefiero la raíz de Eva, la de adentro, la que es engaño... creo entender, la raíz si esta dentro por supuesto, pero no puramente en el hombre o alma, sí esta ahí pero no proviene de ahí, sino de la fuerza dentro-fuera, porque Él está en todo… Una ventana muy grande y óptima pretendiendo recibir al sol o permitir ver su puesta, una pared enfrente… Norte (verano)-Sur (invierno) … se ve rotación camino del sol Este (amanecer) – Oeste (atardecer) … se ve traslación Esto es opuesto… correspondencia…

líneas de hace meses

Que de tanto andar / mi alma inconclusa envejezca / cuando a ti, vida mía, regrese / de haber recorrido, cual Goldmundo, / la tierra entera / y veas acercarme harapienta, / tambaleante y media muerta / al fin entregue yo a tus manos / el corazón palpitando / y sólo entonces sepas que desde hace años te amo… Escribo de ti mis memorias antes de tiempo, / para que no se me escapen de mis labios tus besos Hablará el eco de paredes negras y verdes, de las mañanas de mi amor incipiente; / tú, hombre de mis insomnios, poco importa que seamos a tempranas horas del día que empieza, los primeros en amarse. Tocar tu puerta, entrar a tu casa, te visito como ideal súcubo, demonio me llamas, reprochablemente insana, tan lejana de tu ideal soy. Tú mi perfecto Demian, me transformas, / me vuelves materia inmortal. Me conociste niña, lames la juventud de mi piel, / tus palabras me han vuelto mujer, pero tú antes de nacer ya eras viejo.

martes, 30 de septiembre de 2008

mi promoción

del festival))

// ilustraciones digitalizadas (sax y mujer), formas vectorizadas, coreldraw, photoshop, y namás //

jueves, 18 de septiembre de 2008

Del viernes 12 de septiembre ‘08
Me aguardan mis sábanas rosas de niña chiflada. Pasaban de las once, iba saliendo del bar, ebria, atinando los pasos entre la lluvia débil. Hombres ofreciendo camionetas a mi andar solitario, los acompañaba una putita. La prostituta sin cabeza, empujada por el mando de los machos me alcanzó en la esquina, la escuché y volteé, me miró pero no dijo nada. Se adelantaba, la tomé de la mano para que no se apresurara a cruzar la calle “espérate a que esté en rojo” le dije, y sujetadas nos atravesamos. Ella – ¿Te prostituyes? Yo – No. ¿Te mandaron ellos? Ella – No Nos detuvimos, ella estaba un escalón arriba, contemplé su faldita de mezclilla, las zapatillas negras y la blusa diminuta y negra también. Miré su cara de bruta, su pelo oscuro, no era fea, pero tenía expresión de pendeja y de poseída a la vez. Yo - ¿Me das un beso? Ella – No Yo – ¿Si no te pago no? Ella - ¿Te gustan las mujeres? Yo – Algunas, ¿a ti? Ella – No, no me gustan las mujeres Yo – Nada más la verga, ¿verdad? Ella - Si, ¿eres lesbiana? Yo – No, no soy lesbiana Ella - ¿A dónde vas? Yo – A mi casa Ella - ¿Dónde vives? (Me hice la que no escuché) Ella – ¿Con quién vives? Yo – Eso no te importa, ¿a dónde vas tú? Ella – A mi casa (miente) Yo - ¿Dónde vives? Ella – En el infonavit Pinche mentirosa, pensaba, y me confundía, no dejaba de caminar conmigo, ésta puta apenas empieza su chamba. Yo – Si me quedo aquí, ¿tú le sigues? Respondió que sí, me detuve, ella continuó, después de unos segundos doblé la esquina. Caminé algunos metros, volteé, la chica venía tras de mi. Temerosa y sin casi pensar regresé los pasos andados y seguí derecho, intentando un ritmo, sin descanso, ya no quería volver mi vista a ella. Tenía miedo, estaba mareada y mi ropa húmeda. Llegué a una casa donde bebían conocidos de la escuela, me excusé pidiendo entrar a su baño, me invitaron un cigarro y salí de ahí. Ahora ya directo a casa, me hubiera agradado que estuvieras cerca para que me quites la frialdad en la piel y reponerme de lo que había bebido, y no huir de la mirada de mis padres. Llegué a casa, apenas saludé, me quité la ropa y me sumergí en las sábanas color rosa, mi madre preguntó algo, le respondí con naturalidad, acordamos los quehaceres del día siguiente. Me acomodé en la cama, mi madre encendió el aire acondicionado. Cerré los ojos esperando que cesara el mareo y las vueltas que mi cama daba por el universo para al fin dormir.

lunes, 16 de junio de 2008

lunes, 2 de junio de 2008

verdulería
ambulante
monstruito
<< La niña botón amarillo va a la tienda y se compra un elefante, el señor aspas de abanico, temerario y peligroso, le dice que es una botoncito muy bonita y le pide que le regale sus dos hoyitos. Ella le responde: ¡ay menso, no se puede! >>
El personaje hecho con la técnica papercraft es ‘la niña botón amarillo’, que surgió entre palabras que ahogaban una página, guiada por el intento de automatismo psíquico puro, que concluyó en fracaso y que aún permanece entre letras de medios años atrás. Al llevar a cabo la creación de esta botoncito, la volvió un monstruo, con la barriga de botón y sus dos orificios, su cabeza de ojo a lo sumo observador y suspicaz, la bufanda de colores y sus alas desprendiéndose de la mochila. Es tal vez la abstracción de lilus kikus o de alguna neurona en mi cerebro. Está hecha principalmente por cubos, prismas rectangulares de caras trapezoides, otras de bases octagonales, cilindros y planos; son figuras que se recortan, se plegan, se pegan individualmente, y se unen finalmente para formar al monstruito. Su escala es 1:1, para usarse como simple ornamentación, para decir que se tiene a un personaje original en papercraft.

jueves, 22 de mayo de 2008

Carla vulgar
Bajando por la vía, cerca del puente para entrar a la colonia, hay una casa rosada con techo de lámina. Ahí vi por primera vez a una niña de la que quiero contar y a la que he llamado Carla, porque no sé su nombre verdadero y no me atrevo a averiguarlo, esa chiquilla me da miedo, su vulgaridad me intimida, parece un animalito capaz de lanzarse sobre uno y arañarle. A primera vista causa algo de repulsión; es morena y tiene grande su barriga, la espalda muy arqueada que hace saltar sus nalgas; su cabello es corto y el fleco mocho, le queda parado y no se le aplaca, es como un bultito de paja en su frente por encima de esa mirada que hurga atrevida. Una noche mientras comía unos tacos en la tienda de la esquina, le puse atención sin que ella lo notara, su cara de piel oscura y virgen de gestos, músculos faciales sueltos e infantilmente despreocupados, y sus labios tiernos entreabiertos que responden a un extraño capricho, concluí entonces, que al fijarse bien en su cara tiene los rasgos de una muñeca-bebé regordeta, y pude darme cuenta que no luciría tan fea si no fuera por su aspecto desaliñado. Carla, que supongo no va más de los diez años, estaba sentada con los pies mugrosos fuera de sus sandalias ordinarias, platicaba mientras con Lupita, la hija de la señora que despacha los tacos, le hacía preguntas sobre su itinerario escolar y la hostigaba para que acordaran jugar en los ratos libres de Lupita. Carla por supuesto no va a la escuela y tiene pocas ocupaciones en su cabeza. Lupita parecía sentirse incómoda con las propuestas de Carla y su conciencia lloraba por dentro por sentirse expuesta a las manos del mismo diablo, y yo la entiendo porque de pequeña también le temía a esa clase de niñas y creo que aún suele ocurrirme lo mismo. La mamá de Lupita advirtió la manera en que Carla acechaba a su hija y la echó de ahí como quien corre a un perrito estorboso y sin avergonzarse de manifestarle esa repulsión que Carla provoca en la gente, “¡Váyase a fregar a otra parte!” le dijeron. Carlita se fue en medio de la calle, después dio vuelta en la esquina, sin sentir, ni llorar, ni sufrir, porque los únicos niños que sufren son aquellos que rebasan su nobleza, su egoísmo o su estúpida compasión; pero ella no tenía nada de eso, su corazón sólo cubría funciones fisiológicas y no emocionales y tenía su sensibilidad intacta por falta de caricias en su piel. Caminaba lento, tiraba y alcanzaba su chancla a manera de juego. Se preguntaba qué haría al día siguiente y repasaba sus opciones, bostezó y se alborotó más el cabello, estuvo un momento parada, después agarró un terroncito para masticarlo y se le ocurrió que podía jugar a los pasteles de lodo, y pronosticó un divertido mañana. Cuando empezó a picarle como cosquillas el rechazo y a inquietarle la conciencia que apenas precisaba, le brotaron involuntarias lágrimas y sintió algo amargo en su garganta, pero que pudo olvidar al instante, sin saber que ese sentimiento la acompañaría el resto de sus años. Una pluma espigada rozó la húmeda nariz de Carla y ella rió al ver su piel erizada; era un pavorreal el que se le apareció, y le propuso sin mucha presentación cumplirle sus más sinceros deseos. Ella miró a las nubes para intensificar su búsqueda de la mejor decisión y al fin pidió cien gatos. El pavorreal fue apareciendo a los mininos uno por uno, y mientras lo hacía reflejaba la más profunda desilusión. Carla abrió el portón de su casa para que entraran sus nuevos compañeros; como que no es muy inteligente, a la mensa no se le ocurrió pedir felicidad o amigos, o dinero o de perdido menos ordinariez.

martes, 22 de abril de 2008

(un sueño)

Otra vez la vía. El clima frío. A los lados, numerosos negocios cerrados, abandonados, anuncios y fachadas con menos pintura y más óxido, ruinas de un comercio cuyas ambiciones de prosperidad se las comió el crimen y las mafias, en terrores y el arrebato de su pan. Muchos burgueses viven como mendigos, sin explicación. Un ‘¿por qué?’ más se acumulaba en la mente. Respecto a mí, una cosa sabía: de mi búsqueda por la más pequeña de las mujeres de esos rumbos decadentes. Caminaba junto con una compañera que desapareció a la mitad, algo íbamos a recolectar, pero ése era solo mi pretexto para andar por ahí. Yo solo buscaba a la más joven, había peligro de que un nexo con mi casa me reconociera, esa mujer con cara de máscara de revolucionario inglés. Dentro la angustia por miedos de vínculos con redes criminales no me aproximaba a mi destino por más que me apresurara. Después de pasar por un establecimiento a la orilla del boulevard pintado de azul brillante en su totalidad, que mi ojo en el universo distinguía desde fuera del mundo, un prisma azul dentro de la vía fría y desierta con nubes dibujadas en la tierra blanca. Si, sólo era vía en el espacio y mi ojo volvió a mi finitud a ver lo mismo que yo observaba. Me negué a hablarles a las chicas del edificio azul, parecían malas, parecían como las de Sin City. A unos pasos había una congregación cristiana, vi a un apuesto santurrón y le pedí que preguntara por la más pequeña y su mirada se tornó perversa, pero lo llamaron, prometió traerme a la joven y no le creí, ya se dirigía a cantarle alabanzas al Salvador. Caminé un poco más, ahí encontré la casa, larga y de una sola habitación como un autobús, dividida en cubículos, una cama en cada uno, y una mujer en cada cama. Ahí dentro soplaba el viento más que en el exterior y las féminas se aferraban a sus cobijas. Le hablé a la mujer de la primera cama, una señora, le pregunté por la más joven, le aseguré que no era para censurarlas si tenían a la pequeña. Una mujer de cara frívola y cabello largo negro, ojos grandes, cejas despiadadas y labios seductores, se deslizó por el barandal superior de la cama como una pantera o la forma en que lo hace gatúbela. Ella me guió hacia la más joven. Al parecer yo estaba solo dispuesta a platicar no se qué con ella, y no probarla. Me acerqué, era una muchacha de verdad joven, de cabellera larga hasta debajo de su cintura y color castaño, y de rostro dulce. Empecé a charlar con ella, la de cabello negro salió de ahí, la pequeña se disculpó ‘ya sabes, tiene sus necesidades’, aquella había ido a orinar y lo hacía de pie, era hombre. Entonces besé a la joven y a tocar todas sus líneas, sus formas, enredando mis dedos en los hilos de miel que se prolongaban de su cabeza. Le quité sus jeans y toqué su fruto, su sexo ligeramente jugoso, lamenté que mis uñas estaban crecidas pero ella me dijo que no había problema. Yo estaba excitada, me preocupaba que el sueño se manifestara, había amanecido en la realidad y temía que alguien pasara cerca de mi puerta y vislumbrara mis sueños sensuales, o que mis manos estuvieran en mi sexo, o estuviera gimiendo. Eran en vano mis temores, no había nada de eso. La parte más consciente de mi somnolencia me indicaba que podía tener algo inusual en mi apariencia: la boca un poco abierta, yo la mantengo cerrada cuando duermo. Ahora en mi sueño, yo me despojé de mi pantalón, pero a la chica no hacía más que tocarla, su cintura y su espalda, me aferraba a ella en un abrazo embriagante. No toqué sus pechos, ni los besé, me deleitaba solo en sus hermosos contornos de mujer. Sentí amarla y sentí depender de ese momento entre el viento de la habitación y las cobijas abrigadoras y malolientes, y el cuerpo fugaz de la muchacha. No podía soportar más la excitación, y me desperté perturbada. Entonces, lloré por haber encontrado en un sueño estas sensaciones, por la estúpida conclusión de haberme aproximado así, haber realizado mis anhelos en un sueño, y que esa obtención no se prolongara a la realidad.

jueves, 27 de marzo de 2008

the nomadic museum. ashes and snow. gregory colbert.
La contemplación del peligro aparentemente ineludible genera paz. Fue sacrificios de tolerancia y paciencia, muchedumbre y concurrencia; es masivo, es gratuito y geográficamente estratégico, y además es arte. Fotografías y vídeos abrigados por la monumental estructura de bambú. La obra convocaba a ríos de gente y yo, tan poco acostumbrada, ahí estaba entre las multitudes. Todo para presenciar la extraña comunión entre bestias y humanos; compartir la experiencia de un evento masivo de arte que removió las fibras del asombro de miles de asistentes; el hombre rindiéndose a ojos cerrados antes las bestias.
Partícipes de un espectáculo de instintos contenidos, el hombre y la bestia, depredadores ambos; condescendientes los animales; el hombre, calma y reverencia. Templados sus impulsos, renuncian a sus papeles habituales, a los juegos de supervivencia, detenidos en igualdad. Creación y criaturas todos al fin. El público, perplejo.
Valió la pena también por las circunstancias que le precedieron en la espera, la insolación y un desmayo. Las secuencias fílmicas que más me conmovieron fueron aquella donde una muchacha danza alrededor de hienas y la que muestra a un mono seduciendo a una mujer, y le deposita besos tiernos en los brazos y bebe agua de sus manos femeninas, es verdaderamente sensual.
Es bueno el despertar de la sensibilidad en masa, en unos implementada en serie y multiplicada. Políticos y organizaciones poderosas que llevan tragos de arte para las mentes de necesidad urgente. Lo más funcional: fascinación ante cuestiones insólitas en la naturaleza. Lamento no poder decir mucho.

viernes, 14 de marzo de 2008

de la calle
el tambor y mi corazón llevan mismo ritmo y nostalgia… se acercan, más se oyen; se acercan, más se siente; se acercan, es más fuerte, el saxofón, conjuga mi dolor y su oficio; se van, quedan ecos, ya se alejan… desde algún pueblo, transpiran ignorancia, ruda sensibilidad... la monotonía en la ejecución describe sus recorridos, pesares, suenan las monedas, se oye el sustento... el hambre produce música…es una familia… bienvenidos a mi portón…

miércoles, 12 de marzo de 2008

Acerca de sexoservidoras
del 28 de febrero del 2008 Se iniciaba el día en que hablé más de sexo que lo habitual, y lo inauguré haciendo el amor por la mañana con el hombre de mis insomnios. Una vez en paz, le planteé a mi acompañante la misión con las prostitutas y después de advertirme que me cuidara y tomara mis precauciones, me preguntó a qué clase correspondía ese trabajo, “dentro de comunicación intercultural” le respondí, “bonito nombre” me dijo con algo de sarcasmo. Días después al comentar con un amigo sobre sexoservidoras, según sus conocimientos y experiencias con estas chicas, me insistió en que había diferencias dependiendo del ambiente en el que se encontraran; unas van de ciudad en ciudad para mejorar su reputación o categoría, para mejorar el pago, y por lo regular son bailarinas, otras por ejemplo, son las que están establecidas en las cantinas, llamadas “ficheras”. Algunas se mantienen en forma, otras no prestan atención a su cuerpo. Algunas, me comentó, han guardado una esencia que hace a uno percibirlas como vírgenes aún. Muchas de ellas, por el entorno de perdición, han aprendido a cuidarse de las personas, a defenderse, y son algunas muy desconfiadas. Sus ingresos son para mantenerse solas o para el sustento también de sus hijos. Algunas además tienen como una clase de celo profesional. Las que yo visité eran prostitutas de día, cuyas edades oscilan entre 35 y 45 años aproximadamente, trabajan en cuartos de hotel, casas de huéspedes y casas de citas. Sus cuerpos no son “esculturales”. Muchas de ellas son madres. La mayoría se inició cuando “se dejaron de su marido” o “por la necesidad”. Son muy distintas a las de noche, quienes son más jóvenes, más vivas, más bellas y de alguna forma profesionales; pero a estas no me aventuré a buscarlas, no me atrevería a quitarles parte de su tiempo productivo, además el ambiente parece un poco más inseguro. Al terminar las clases del día me encaminé hacia la nueva aventura, las calles se estrechaban y yo me inmiscuía en asuntos moralmente controvertidos. Llegué a dos establecimientos donde algunos aseguraron que las encontraría, pero sólo resultaron rumores de una ignorancia morbosa. El señor de la recepción del segundo establecimiento me atendió amable y después de explicarme el por qué no había prostitutas en el suyo, me indicó con buenas señas dónde encontraría lo que estaba buscando, “de esa esquina, no más de cincuenta pasos”. Mientras me dirigía hacia allá, conté los pasos, tal vez para ocupar mi cabeza y no tentarla de rajarse: fueron 46 pasos y yo, sorprendida por el método de registrar distancias. Llegué al edificio de color zacate fresco, miré alrededor, me sentía penetrar por esa clase de puertas que alguna vez describió Hesse, que en especiales circunstancias toman relevancia. El vestíbulo era amplio y frío, andaba yo muy lento, eché una mirada: cartelitos de precios (jabón, champú, condones), el costo del pase con las chicas, a la izquierda un aviso del Centro de Salud sobre las supervisiones de los permisos de salubridad, entre otros listados. Miré al que estaba detrás del mostrador, apenas iba a articular mi petición y se me adelantó un hombre muy apurado con dinero en mano que exigió su pase, me hice a un lado, hizo su transacción y ahora mi turno. Después que el del mostrador discutió el por qué buscaba a una chica y que yo debería estar con un muchacho, me dio mi papelito y el cambio, y después que pregunté “¿por dónde?” me indicó que siguiera al hombre anterior. Entraba, seguía yo lenta, y no porque estuviera asustada, mi actitud era al contrario segura, era más bien el intento de retener todos los detalles de ese ambiente; luz clara, olor a pisos recién trapeados, humedad y aroma de detergentes, a fierro, a madera y a viejo, y por lo demás, silencio. Mientras ascendía la estrechísima escalera pensaba en aquellos estereotipos acerca de las sexoservidoras y más que estereotipos algunas fantasías mías; uno quedó aclarado, sobre la suposición de que las prostitutas tienen ese comportamiento extrovertido y desmadroso, de voz y pláticas escandalosas, ellas son más bien de movimientos silenciosos y voz apenas audible; y otra, mi fantasía, esa de haber imaginado que al subir me hallaría en un corredor por el cual desfilarían una decena de desnudos femeninos de distintas tallas y edades, delgados y voluptuosos, conservados y desgastados (sí, ahora sí me excedí en mis expectativas), o que pasaría por una serie de puertas en cuyos interiores se hallarían las Evas desnudas en sus lechos esperando al alma sedienta de caricias y sexo. Ya en el pasillo, una señora que hacía el aseo no me tomó en serio. Me asomé al primer cuarto y ahí estaba ella con el deseo en su boca roja, chaparrita, de rostro materno y adorable, ojos grandes, nariz y labios pequeños, maquillada delicadamente, su cabello con corte tipo bob; de todas la más afable y encantadora. Me dejé atraer por ella, le ofrecí mi pase y ahora sí me volví tímida. Me asomé curiosa a las otras puertas, le pregunté a mi chica si había otras, me mostró algunas muchachas sin señalarlas meramente; una de ellas saliendo de la regadera con su cabello envuelto en una toalla, otra recargada en el marco de su puerta (una de las nuevas, supe después), una más de rostro enigmático, cabello negro sobre sus hombros y de postura intimidante. Algo desubicada volví con la primera a su cuarto, ahora estaba yo más nerviosa. Primero sugerí que cerrara la puerta para entonces plantearle el motivo por el que me encontraba ahí. Una vez que ella aceptó charlar conmigo y mis manos temblorosas preparaban la cámara para grabar audio, le sugerí quitarse la ropa, ella sonrió, me miró a los ojos y me envolvió en una magia indescriptible: las dos nos desnudamos al mismo tiempo. Entonces platicamos. Ella, ante todo, madre, tiene 43 años y aproximadamente 10 de ser prostituta, proveniente de Tampico (como muchas otras). El cuarto es suyo, ella lo paga y nadie más trabaja en él. La han visitado mujeres y hombres, tanto heterosexuales como homosexuales, de distintas edades, “hasta niños de secundaria”. Nunca se involucra con los hombres, aunque surjan invitaciones a un café, al cine, a cenar. “El trabajo es el trabajo. Yo les digo a los hombres de la puerta hacia dentro soy lo que quieras; afuera no me conoces, no me saludes, no me has visto nunca. Más que nada por mis hijos”. Y sobre el apetito sexual, “si tengo deseos los desahogo con alguno de ellos, pero eso no tienen que saberlo”. El condón es “de a fuerza”. Todas usan lubricantes para estar preparadas para la penetración y no sufrir fricción. La sesión dura 15 minutos. Sus caricias deberían ser tales que logren una rápida eyaculación del hombre. (Olvidé preguntar si ellas utilizaban anticonceptivos). Las tarifas: coito $100, sexo oral $200-$300 y sexo anal $500. Habló de su experiencia sexual a lo largo de su vida, refiriéndose a su primer orgasmo comenta que “se siente como si las tripas se hicieran un nudo aquí dentro” (señalándose la barriga). Ella me contaba todo esto pausadamente con su voz bajita, dulce y cariñosa como la de una madre. Nos despedimos con un habitual beso. Fui a otro establecimiento, pagué mi pase con naturalidad. Las mujeres eran menos flexibles. Cuando pedí charlar con una de ellas, lo hizo muy a la fuerza. Al mencionarle sexo oral y anal, me miró sorprendida, dijo que eso no lo hace y que sólo aquellas que se hacen llamar “prostitutas declaradas” lo practican, que ella no era de esas, no supo explicarme bien el punto, y me aclaró que había recurrido a este oficio por necesidad. Esta mujer no tenía ganas de hablar, dijo sentirse cohibida frente a una mujer. Yo no pude dejar de expresarle mi asombro y desilusión. Intercambié palabras con otras dos, una de ellas era más vieja, algo ruda, de enormes pechos blanqueados o resecos, no sé, muy vulgar en su apariencia, permaneció echada en su cama y se sostenía la cabeza con un brazo. Sus tremendas carnes apenas le permitían moverse. La otra, más joven, no volteó a verme nunca, al final me importó poco encontrar sus ojos. Las dos miraban con rencor mis manos, mi atuendo y mis atmósferas. Les aclaré que no era mero capricho mío estar ahí, me di cuenta que mis formas de seducir no funcionan con todas. Me retiré de ahí. A contracorriente del canal por el costado izquierdo, mis pasos me redimían de mi fijación por el engaño de destinos de puta. Mi camino tenía un propósito en esa cuadra opaca, de locos, borrachos y vendimia de vicios, de desechos orgánicos en la acera, de olores a frutería y abasto de otros vegetales, a sudor y a alcohol del interior de las cervecerías. Refrescándose a la orilla del canal, sentada en un sillón, reconocí a esta mujer de rasgos finos y delicados en su cara y de cuerpo voluminoso, ojos vivaces y galantes. De postura cómoda y conversación sosegada. Empecé a hablar con ella, pregunté por las chicas, sólo había una en servicio, la señaló, pero ésta se mostró muy apática. Esta última chica áspera y apagada, era la que más se asemejaba en mi memoria a una prostituta. Mi cuerpo se estremeció al descubrirla, sentí la garganta anudarse y mis ventanas se humedecieron. Ella delgada, madura, pero no más de 35, con pesar y cansancio, tedio y apatía. Mis ojos la miraban ansiosos, esperaban una palabra, escuchar su voz, una mirada de atención, que abriera su puerta. Ella sentada y su imagen me provocaba algo extraño, que en el momento no pude definir; traía una falda muy corta, con medias de tono más oscuro que el de su piel, zapatos de tacón pequeño que cubrían todo su pie. Y yo vi algo en ella, en esa forma de sujetar su bolsa contra su vientre con la mano derecha, su cabeza sostenida con la izquierda, su espalda algo encorvada, los muslos y rodillas juntas, los pies encontrados, mi corazón perturbado y la duda en el pensamiento. Después que mi vista la abandonó, volví a sentir emoción al remitirme otra vez a su imagen en el camino, mi alma loca exclamó “¡ya sé!, la posición de esta mujer es la misma en la que suelo sentarme”, me vi en ella, vi también que su rostro de tedio y pesadumbre me advertían sobre mis impulsos de puta y frustraba acertadamente esas fantasías. De ella no obtuve palabra alguna. Volví a platicar con la mujer de cara delicada, ella declaró haber sido violada a los 9 años, su madre la corrió del hogar porque la pequeña no podría ya salir de blanco de su casa, pobre mujer, tenía en su cara un gesto de lo absurdo de la acción de su madre. Proveniente también de la costa más próxima, me contó que le agrada más este lugar, pues en donde vivía antes se trabaja en las calles, cerca de los mercados, a la vista de los negociantes, familias y demás. Esta mujer me mostró a un señor que me podía “dar más información”. Él se acercó y le pedí que me llevara adentro porque temía platicar con él en la calle, cruzamos a la acera de enfrente y entramos a una de las habitaciones. Yo sin miedo y sin pena, pues tenía encomienda que me amparaba, y este hombre sabía ser respetuoso. Me platicó del negocio, del alquiler de los cuartos, de las chicas, tarifas (los mismos estándares ya mencionados), los consejos entre ambas para optimizar su trabajo, las experiencias que comparten, acerca de los gemidos que fingen, discutió que “ellas también tienen su corazoncito”. Comentó que algunas mujeres, paradójicamente, declaran que aún son pudorosas. Me recomendó algunos sitios más que visitar, pero mis ganas de exponerme a esos lugares que me causan aversión, no eran muchas. Salí de la “casa de citas”, pensativa. Eché una última mirada a la chica apática, mi puta ideal. El viento me limpiaba la cara del polvo decadente. Me alejaba de calles embutidas en transacciones de placer, de cuerpos a merced del sexo y la lujuria, mi boca estaba viciada de términos y expresiones de perdición, como si hubiera masticado carne por largas horas y sentía vomitarla. El canal y su corriente refrescante me dio bienvenida al salir de aquellas dimensiones, después la vía, el callejón, al fin mi colonia, ¡qué cerca estaba ya de mi hogar! Había en el alma sensaciones apenas descubiertas, emociones del momento, mi cabeza daba vueltas, mi cara ya no reflejaba nada. Ya en mi casa silencio absoluto respecto a lo vivido hace unos instantes. Que me rediman los alimentos que preparó mi madre.

lunes, 10 de marzo de 2008

bésame mucho

bésame mucho, como si fuera esta noche la útima vez
bésame mucho, que tengo miedo a perderte después
yo quiero tenerte muy cerca, mirarme en tus ojos, verte junto a mí
piensa que tal vez mañana yo ya estaré lejos, muy lejos de tí