jueves, 27 de marzo de 2008

the nomadic museum. ashes and snow. gregory colbert.
La contemplación del peligro aparentemente ineludible genera paz. Fue sacrificios de tolerancia y paciencia, muchedumbre y concurrencia; es masivo, es gratuito y geográficamente estratégico, y además es arte. Fotografías y vídeos abrigados por la monumental estructura de bambú. La obra convocaba a ríos de gente y yo, tan poco acostumbrada, ahí estaba entre las multitudes. Todo para presenciar la extraña comunión entre bestias y humanos; compartir la experiencia de un evento masivo de arte que removió las fibras del asombro de miles de asistentes; el hombre rindiéndose a ojos cerrados antes las bestias.
Partícipes de un espectáculo de instintos contenidos, el hombre y la bestia, depredadores ambos; condescendientes los animales; el hombre, calma y reverencia. Templados sus impulsos, renuncian a sus papeles habituales, a los juegos de supervivencia, detenidos en igualdad. Creación y criaturas todos al fin. El público, perplejo.
Valió la pena también por las circunstancias que le precedieron en la espera, la insolación y un desmayo. Las secuencias fílmicas que más me conmovieron fueron aquella donde una muchacha danza alrededor de hienas y la que muestra a un mono seduciendo a una mujer, y le deposita besos tiernos en los brazos y bebe agua de sus manos femeninas, es verdaderamente sensual.
Es bueno el despertar de la sensibilidad en masa, en unos implementada en serie y multiplicada. Políticos y organizaciones poderosas que llevan tragos de arte para las mentes de necesidad urgente. Lo más funcional: fascinación ante cuestiones insólitas en la naturaleza. Lamento no poder decir mucho.

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