martes, 22 de abril de 2008

(un sueño)

Otra vez la vía. El clima frío. A los lados, numerosos negocios cerrados, abandonados, anuncios y fachadas con menos pintura y más óxido, ruinas de un comercio cuyas ambiciones de prosperidad se las comió el crimen y las mafias, en terrores y el arrebato de su pan. Muchos burgueses viven como mendigos, sin explicación. Un ‘¿por qué?’ más se acumulaba en la mente. Respecto a mí, una cosa sabía: de mi búsqueda por la más pequeña de las mujeres de esos rumbos decadentes. Caminaba junto con una compañera que desapareció a la mitad, algo íbamos a recolectar, pero ése era solo mi pretexto para andar por ahí. Yo solo buscaba a la más joven, había peligro de que un nexo con mi casa me reconociera, esa mujer con cara de máscara de revolucionario inglés. Dentro la angustia por miedos de vínculos con redes criminales no me aproximaba a mi destino por más que me apresurara. Después de pasar por un establecimiento a la orilla del boulevard pintado de azul brillante en su totalidad, que mi ojo en el universo distinguía desde fuera del mundo, un prisma azul dentro de la vía fría y desierta con nubes dibujadas en la tierra blanca. Si, sólo era vía en el espacio y mi ojo volvió a mi finitud a ver lo mismo que yo observaba. Me negué a hablarles a las chicas del edificio azul, parecían malas, parecían como las de Sin City. A unos pasos había una congregación cristiana, vi a un apuesto santurrón y le pedí que preguntara por la más pequeña y su mirada se tornó perversa, pero lo llamaron, prometió traerme a la joven y no le creí, ya se dirigía a cantarle alabanzas al Salvador. Caminé un poco más, ahí encontré la casa, larga y de una sola habitación como un autobús, dividida en cubículos, una cama en cada uno, y una mujer en cada cama. Ahí dentro soplaba el viento más que en el exterior y las féminas se aferraban a sus cobijas. Le hablé a la mujer de la primera cama, una señora, le pregunté por la más joven, le aseguré que no era para censurarlas si tenían a la pequeña. Una mujer de cara frívola y cabello largo negro, ojos grandes, cejas despiadadas y labios seductores, se deslizó por el barandal superior de la cama como una pantera o la forma en que lo hace gatúbela. Ella me guió hacia la más joven. Al parecer yo estaba solo dispuesta a platicar no se qué con ella, y no probarla. Me acerqué, era una muchacha de verdad joven, de cabellera larga hasta debajo de su cintura y color castaño, y de rostro dulce. Empecé a charlar con ella, la de cabello negro salió de ahí, la pequeña se disculpó ‘ya sabes, tiene sus necesidades’, aquella había ido a orinar y lo hacía de pie, era hombre. Entonces besé a la joven y a tocar todas sus líneas, sus formas, enredando mis dedos en los hilos de miel que se prolongaban de su cabeza. Le quité sus jeans y toqué su fruto, su sexo ligeramente jugoso, lamenté que mis uñas estaban crecidas pero ella me dijo que no había problema. Yo estaba excitada, me preocupaba que el sueño se manifestara, había amanecido en la realidad y temía que alguien pasara cerca de mi puerta y vislumbrara mis sueños sensuales, o que mis manos estuvieran en mi sexo, o estuviera gimiendo. Eran en vano mis temores, no había nada de eso. La parte más consciente de mi somnolencia me indicaba que podía tener algo inusual en mi apariencia: la boca un poco abierta, yo la mantengo cerrada cuando duermo. Ahora en mi sueño, yo me despojé de mi pantalón, pero a la chica no hacía más que tocarla, su cintura y su espalda, me aferraba a ella en un abrazo embriagante. No toqué sus pechos, ni los besé, me deleitaba solo en sus hermosos contornos de mujer. Sentí amarla y sentí depender de ese momento entre el viento de la habitación y las cobijas abrigadoras y malolientes, y el cuerpo fugaz de la muchacha. No podía soportar más la excitación, y me desperté perturbada. Entonces, lloré por haber encontrado en un sueño estas sensaciones, por la estúpida conclusión de haberme aproximado así, haber realizado mis anhelos en un sueño, y que esa obtención no se prolongara a la realidad.