jueves, 22 de mayo de 2008

Carla vulgar
Bajando por la vía, cerca del puente para entrar a la colonia, hay una casa rosada con techo de lámina. Ahí vi por primera vez a una niña de la que quiero contar y a la que he llamado Carla, porque no sé su nombre verdadero y no me atrevo a averiguarlo, esa chiquilla me da miedo, su vulgaridad me intimida, parece un animalito capaz de lanzarse sobre uno y arañarle. A primera vista causa algo de repulsión; es morena y tiene grande su barriga, la espalda muy arqueada que hace saltar sus nalgas; su cabello es corto y el fleco mocho, le queda parado y no se le aplaca, es como un bultito de paja en su frente por encima de esa mirada que hurga atrevida. Una noche mientras comía unos tacos en la tienda de la esquina, le puse atención sin que ella lo notara, su cara de piel oscura y virgen de gestos, músculos faciales sueltos e infantilmente despreocupados, y sus labios tiernos entreabiertos que responden a un extraño capricho, concluí entonces, que al fijarse bien en su cara tiene los rasgos de una muñeca-bebé regordeta, y pude darme cuenta que no luciría tan fea si no fuera por su aspecto desaliñado. Carla, que supongo no va más de los diez años, estaba sentada con los pies mugrosos fuera de sus sandalias ordinarias, platicaba mientras con Lupita, la hija de la señora que despacha los tacos, le hacía preguntas sobre su itinerario escolar y la hostigaba para que acordaran jugar en los ratos libres de Lupita. Carla por supuesto no va a la escuela y tiene pocas ocupaciones en su cabeza. Lupita parecía sentirse incómoda con las propuestas de Carla y su conciencia lloraba por dentro por sentirse expuesta a las manos del mismo diablo, y yo la entiendo porque de pequeña también le temía a esa clase de niñas y creo que aún suele ocurrirme lo mismo. La mamá de Lupita advirtió la manera en que Carla acechaba a su hija y la echó de ahí como quien corre a un perrito estorboso y sin avergonzarse de manifestarle esa repulsión que Carla provoca en la gente, “¡Váyase a fregar a otra parte!” le dijeron. Carlita se fue en medio de la calle, después dio vuelta en la esquina, sin sentir, ni llorar, ni sufrir, porque los únicos niños que sufren son aquellos que rebasan su nobleza, su egoísmo o su estúpida compasión; pero ella no tenía nada de eso, su corazón sólo cubría funciones fisiológicas y no emocionales y tenía su sensibilidad intacta por falta de caricias en su piel. Caminaba lento, tiraba y alcanzaba su chancla a manera de juego. Se preguntaba qué haría al día siguiente y repasaba sus opciones, bostezó y se alborotó más el cabello, estuvo un momento parada, después agarró un terroncito para masticarlo y se le ocurrió que podía jugar a los pasteles de lodo, y pronosticó un divertido mañana. Cuando empezó a picarle como cosquillas el rechazo y a inquietarle la conciencia que apenas precisaba, le brotaron involuntarias lágrimas y sintió algo amargo en su garganta, pero que pudo olvidar al instante, sin saber que ese sentimiento la acompañaría el resto de sus años. Una pluma espigada rozó la húmeda nariz de Carla y ella rió al ver su piel erizada; era un pavorreal el que se le apareció, y le propuso sin mucha presentación cumplirle sus más sinceros deseos. Ella miró a las nubes para intensificar su búsqueda de la mejor decisión y al fin pidió cien gatos. El pavorreal fue apareciendo a los mininos uno por uno, y mientras lo hacía reflejaba la más profunda desilusión. Carla abrió el portón de su casa para que entraran sus nuevos compañeros; como que no es muy inteligente, a la mensa no se le ocurrió pedir felicidad o amigos, o dinero o de perdido menos ordinariez.

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