miércoles, 15 de octubre de 2008

Del 27 de noviembre del 2006
Se hunde en lo onírico y vuelve a emerger. Ella. Prueba un poco más y allá va, al inicio del sueño y cambia su final cuantas veces ella quiere. En el fondo del océano vio una raíz, con sus ramificaciones retorcidas que formaban la silueta de una mujer, era una señal. Entonces confirmó que su raíz es materna. Él sostuvo con su mano la foto de la actriz hollywoodense, la Monroe, con la otra iba moldeando en el barro el cuerpo delicioso. El barro estaba suave y se dejaba manipular cediendo su voluntad a los dedos largos y recios de Juan. Tenía años enamorado de esa estrella de cine, perdida en la fatalidad del suicidio. En el taller había setecientos noventa y tres esculturas de Marilyn, mil seiscientos cuarenta y un dibujos, miles de fotografías y otros cientos de recortes, de la sonrisa semivulgar de esta mujer. Un cuerpo desnudo deambulaba por el estudio, esperando que Juan dejara esa foto a un lado y se inspirara en él. Ella. Así anduvo una hora y media formando torres con latas antes de que Juan se percatara de su infantil desnudez. Pero Juan no le hizo mucho caso, la ignoró consciente de que era muy bella y que era buena idea dibujar sus curvas, pero no iba a ceder pronto. Carmen salió al campo, aprovechando que ninguna alma andaba por esos rumbos; solo se cuidaba de caminar por los senderos cuyos arbustos no alcanzaran a tocarle el sexo, para no lastimarse. -la escena de un perro andaluz, donde el hombre secciona el ojo de una mujer y brota de la cavidad una carnosidad blanda, como ostión, como un pequeño vómito.

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