martes, 4 de agosto de 2009

Zoé y sus derivados recuerdos Actualmente todos los recuerdos se convierten en nostalgia y nada más, como si toda mi vida fuera una tristeza y los días más felices sólo quedaron en letras prohibidas y en rayones desesperados por expresar momentos de perverso significado. Ahora veo un DVD de Zoé (el 281107), un grupo de quien fui fan, no me da pena admitir que me sé todas sus rolas. Las canciones del tour (del álbum MRCYECADLVL, sí el álbum medio emo) son el soundtrack de un incipiente otoño de noches frías y húmedas: octubre del 2006. Era un disco que se repetía sin cesar (a veces hasta por dos días, por supuesto ya no sirve, esta rayado) acompañándome cada anochecer, antes de las 8:30 pm. Mientras me arreglaba para asistir a los eventos del FIT; llegaba de la escuela que hasta ese momento solo me ofrecía decepciones, tenía un mes en la universidad, nada ni nadie ahí llamaba mi atención, los compañeros me trataban como bicho raro (menos uno, Macario que a todo esto me hizo un dibujo de memo rex commander y se lo rechacé) y los maestros me adulaban por mis muestras de potencial intelectual, buh. En fin, me preparaba para asistir al evento en turno según un calendario tan variable como el frío, el viento y la lluvia de esos días, para ver a Héctor y a Juan Luis, mis únicos compañeros en tales noches; estar en medio de ambos se volvía parte de un ritual donde encajaba como pieza perfecta sin tener que dar razones, entre quienes nunca me sentí fuera de lugar, me recibieron sin condiciones y no sé como explicar, realmente no sé, quiero creer que fue mucho más que el hecho de sentirme aceptada por vez primera en mi vida, me satisfacía sentirme niña y que no exigieran de mi una opinión forzada, me sentía bien siendo honesta, sin esconder nervios, admitiendo que había miles de cosas que ignoraba. Empecé a conocer sus maneras de observar, la forma en que Juan disfrutaba de la música y del teatro, conocí la meticulosa inclinación esteta de Héctor, aprendí a hacer a un lado lo que pensaba la gente de mi (mmm..., la muy poca gente asistente) y cerraba los ojos para disfrutar en la oscuridad de mi corazón la música que movía mis pies, manos y cabeza. Recuerdo el viento en el Julián Carrillo que deshojaba al árbol, recuerdo amenazas de lluvia sin cumplir, recuerdo que me cagó un pájaro y la música me hizo olvidarlo, la mierda se secó en mi blusa y despedía un olor rico parecido a granos de café. Recuerdo más sensaciones que imágenes. Recuerdo un infantil animo confiando en que todo cuanto hiciera valía la pena, mis desvelos eran por hacer máscaras después de ver a Julieta Venegas, por pintar ideas que ya urgían plasmarse, por corazones, cerebros, ojos y fetos, por música y por miles de planes, por ideales y momentos perpetuados por la emoción de vivir anticipadamente mis esperanzas. En todo eso estaba Zoé, mi par de amigos, caras desconocidas que había que ver a huevo, mi mundo dándose chance de florecer, pero no estuvieron mis ejemplos a seguir nunca seguidos: mis hermanos. Escribo y escribo como alguna vez lo hice, hasta el día de la tajante recomendación de mejor no hacerlo. Los problemas empezaron como el espanto ante una pantalla de cine, mis fantasías no deberían haberse materializado, de hecho nunca fueron, pero los lápices y la tinta se volvieron traicioneros, manifestarse me trajo sólo cosas malas y muy pocas buenas. Ahora, sin mentir, se de mí muy poco, no me sé ver, no se que ven los demás y lo que veo y tengo para decir apenas les importa a uno o dos, me avergüenza no saber quién soy. Ya sólo recolecto historias que me juran que estuve ahí, que me fue importante en algún momento y que sacuden el corazón y hacen nacer estúpidas (sí, estúpidas) lágrimas. Ya todo ha sido deformado y solo hay ecos que gritan que todo fue malo y mal hecho, que es una pena pero que irremediablemente no pudo haber sido de otra manera. Ya no puedo escribir más, lloro de lo inútil que resultan todos los intentos por ser alguien, o ser por lo menos lo que antes fui. Pero ese otoño fue una buena época, creo que sonreí en dos o tres fotos, creo que mis manos hicieron algo creativo y colaboré en algo para la memoria de los pocos que empezaban a saber de mí. Pero los traumas, la ansiedad y la perturbación siempre han estado, antes y después de ese otoño. Mientras todo, nunca fue más tangible la existencia de Mauricio Babilonia. “Pero siempre que me acerco al fuego, se me escurre el diablo”, era mi lema. Paula, The Room y Nunca fueron los temas antes de ver a Julieta Venegas, cuando escucho esas rolas me llega el olor del gel de fructis que usaba entonces, un bodysplash que la memoria no distingue a la perfección su aroma, mis pelos parados y mi aire lésbico de sin querer. The room es otra historia. Antes, cuando corría lo último del 2004, era LOVE la canción de mi vida, yo dibujaba a León “Principito” Larregui, escribía con pulso veloz las líneas de Love una y otra vez, escribía, escribía, algo debía haber porque yo escribía mucho, mis tardes en una biblioteca a principios del año, frappes después de que mi hermana se hartaba de comprar en e-Bay enviando sus adquisiciones a California (Mercedes empezaba a irse),… no ya no, no más recuerdos por favor…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

oh, Paulina.... Qué hacer, envolvernos en la melancolía de los recuerdos o hacer como que los olvidamos y convertirnos en bultos de polvo. Siento que ya no quepo ni en mi propio cuerpo, es algo que no puedo controlar. Trato de hacer las cosas que corresponden al programa de mi existencia, pero no conozco el motivo.

Puedo decir muchas cosas, pero ninguna logrará mover algo en ti, lo entiendo.

paula transparente dijo...

ah.. mmm... disculpa...
aunque tu comentario sea anonimo, dame una seña para saber quien eres... bye