viernes, 27 de noviembre de 2009

VÍA (febrero 2007) La vía son durmientes que soportaron la carga de vagones de ferrocarril, durmientes que a mi paso nunca se acomodaron. Son rieles responsables de la separación constante con sus compañeros paralelos que permitían a las ruedas del tren deslizarse. La vía y los vagones alguna vez utilizados como oficinas son refugio de hombres y mujeres alienados que caminan torpes y no temen a los rayos del sol que queman su piel; es hogar de aquéllos que se dejan llevar por sus naturales instintos, que poco saben de los conceptos de normas, pautas, del bien y el mal, o simplemente lo ignoran; carecen de razón, obedecen a sus sentidos, así andan y regalan su sonrisa a cualquiera que pase delante de ellos, balbucean palabras, apuntan a algo que nadie más ve, dicen nombres y creen reconocer a ese alguien en cualquier rostro. La gente los llama locos y dicen que no tienen remedio; unos porque se quedaron en un instante que convirtieron en su eternidad, o perdieron la conciencia, y otros que se extinguen las neuronas porque inhalan la alternativa que más les satisface. Como éste al que veo, ya encontró el sentido a su vida, lo inhala y no lo comparte, ese vaho de solventes cosquilleando en su sedienta nariz. En la vía la locura se vuelve cualidad, como un ideal. Porque la vía no exige, otorga libertad, invita a jugar y a olvidar. Acoge a los que se detienen a descansar e interrumpen su trayecto. Les entera que nada es para siempre, los priva de esperanzas pero es generosa al dejar descargar el dolor. La magia de la vía consiste en que no existe la comprensión pero sí la tolerancia, no juzga ni hace distinción en los pasos que la atraviesan. La belleza esta en las hojas que se dejan manipular por el viento, en el rojo de los ladrillos que no se gasta ni envejece, en el pasto que acaricia la rudeza de los rieles, en las nubes que comparten su fugacidad con los recuerdos de los quehaceres ferroviarios. Lo bonito está en el balido de los chivos que hace eco en la vía desierta sin ruido de mecanismos de tren que los intimide, está en mi mente que recrea destinos fantásticos para satisfacer mi anhelo de recorridos en ferrocarril, y me lleva a imaginar formas de vida que mis ojos no vieron; gente humilde que aborda los vagones, comerciantes, familias que van a visitar a más familia, faldas ondeantes al subir, manos que se despiden, gestos de apuro, caras sonrientes o caras de amargura que asumen el tedio del camino. Siento el murmullo de otros años, voces y gritos, y en un esfuerzo vuelvo a sentir el temblor que anuncia la marcha del tren que ya partió, ese temblor que vibraba en el callejón enfrente de mi casa. Don Justino, que trabajó como de supervisor, me contó detalles de la vía y la estación, del servicio Express, de las mercancías, del pasaje, del sistema, de los registros y guías, de los horarios, de lo económico que resultaba el servicio, del olor de los durmientes impregnados de creosota para que no se pudrieran, me platicó del taller de máquinas, del que sólo queda la armazón en la ‘Y’ que permitía a los trenes acomodarse. Me habló de lo bonito del paisaje cuando se iba hacia San Luís, porque el tren subía y rodeaba la sierra, y la vista se volvía especial, los sembradíos reducidos a trazos geométricos de varias tonalidades de color tierra y verde, el aire purificaba los vagones. En cada parada se daba la vendimia de artesanías, cacharros, productos de rancho, antojitos y dulces, y se llegaba al destino más cargado que al inicio. Me contó también de las angustias cuando el clima no era benévolo, del trabajo y de la responsabilidad en cuanto al pasaje, llevándolo a través de campos y por encima de ellos. En la vía hay dos árboles que me atrapan, un guamúchil y un eucalipto. El guamúchil es el más generoso, de éste árbol son los momentos de parsimonia, está dentro de un terreno cercado donde también hay una casita. Todavía no descubro si alguien vive ahí, abro la puertita y entro, ahí me espera el tronco del guamúchil que besa el suelo, se aferra a él y se esconde detrás de la vía para que la gente no se percate de su vejez. Su corteza dura, rugosa va con mi resistencia a que avance el tiempo. El tronco es fuerte y su curva condescendiente, me siento segura. El viento acaricia a las hojas y a mí. Ahí montada leía los incontables romances de Goldmundo. El eucalipto de tronco recio, junto al vagón, tiene aspecto sobrio, inmutable a pesar de sus capas y eso porque al menos en el tronco se siente una obstinación de no renovarse. Los ojos siguen los dibujos que forman las líneas en él y los dedos tiemblan al recorrer la sinuosidad de la corteza, algunas de sus ramitas ingenuas se asoman a una ventana del vagón, ya no hay vida dentro, solo la que el eucalipto puede aportar; ignorado testigo de irrecuperables momentos, recibe de las nubes el aire y de los chivos el excremento, que rueda hasta toparse con sus raíces grotescas. Me gusta la vía porque vuelvo a ser niña y soy feliz, se sabe ya que el retorno a la infancia permite descubrir lo que somos, la esencia, lo que no envejece, la raíz, y es en esos momentos de libertad que encuentro mi justicia. Para la ocasión, mi ropa esta sucia y mi piel también, el viento hace de mi cabello un nido, la tierra me vuelve gris, la vía aparta la tensión de mis brazos y el peso de frustración, tengo la mirada extraviada y en la garganta un grito. La vía es retorno a la niñez, amor a la raíz, a lo natural, a eso que el sistema no conquista, y que apenas descubre para dominar y exterminar, lo que en mi interior surge a costa de leyes y parece no haber ni mal ni bien. La estación no se extraña de mi presencia, ha sufrido la tortura de vándalos y de autoridades, vejaciones por parte de los primeros y prevenciones, medidas o remedios inútiles de los últimos, ni hablar del monumento de desechos y basura por los vecinos, pero ni un ladrillo ha cedido. No se extraña de mi y nos damos mutuos consuelos. La vía presta sus rieles y durmientes para mi reflexión, para permitirme reposar ahí la vista, me hace creer que nunca acabarán, y en completa ausencia de razón descubro ahí más infinidad que la que poseen los números. La voz que escucho es la mía, mi alma se despoja de la estúpida conciencia y se libera en un grito, en un lamento, en una canción; el edificio escucha y replica con la misma voz, mi voz. Es vía para depositar tristezas y nutrirse de imágenes y letras. La vía para caminar, para dar pasos lentos por sus curvas, para sentarse en los bloques de madera, para respirar el aire fresco que ensancha las fosas nasales. Vía para ser espectador de algo memorable, para olvidar, para llorar mucho, para huir…

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