sábado, 2 de abril de 2011

contagio

Después de algunos años de haberse decidido a reducirse exenta de la modernidad exterior, por fin vivía cómodamente en su apartamento y trabajaba desde ahí como correctora de estilo para tres publicaciones de la misma casa editorial: dos revistas mensuales y un periódico de prestigio mediático. En éste mantenía una columna semanal, por lo regular de reseñas de cine y de libros, que cuando se descontextualizaba emocionalmente se convertía en un anecdotario sexual, y eventualmente publicaba artículos en las revistas.

Era una mujer creativa, talentosa para los procesos mercadológicos, aunque ese tópico la abrumaba junto con el vacío del consumismo, por lo tanto se negaba a colaborar en pro de ese mundo de necesidades impuestas y de hipócrita agitación. Pero como la persuasión era uno de sus dones (sabía elaborar guiones atractivos, convincentes y satisfactorios), su segundo trabajo era atender una “hotline”. Para ella era facilísimo responder a las necesidades sexuales auditivas e imaginativas de los usuarios, tanto que podía contestar las llamadas al mismo tiempo que corregía textos en su ordenador. Sólo cuando era una mujer quien llamaba, se detenía y prestaba atención, le intrigaba el motivo por el que una mujer marcaba y mucho más cuando no se trataba de una lesbiana. Se quitaba los anteojos y se concentraba, pues ya sabemos que en las mujeres el proceso del placer lleva un ritmo y tiempos distintos, más se concentraba si conforme avanzaba la llamada descubría que la mujer era frígida y entonces tenía que ser más explícita y hablar con fina obscenidad para prenderle fuego a su libido.

Las demás eran llamadas comunes de hombres con poco acceso a experiencias sexuales y/o tímidos para pagar prostitutas, y los otros eran adolescentes ignorantes que desconocían la disponibilidad de chicas precoces y ardientes; por eso a veces Elena consideraba absurda la existencia de esa línea telefónica, ya que actualmente por todos los sentidos y en todas las publicaciones y aparatos trasmisores se puede tener acceso al sexo. Aun así no le molesta responder cuando llama un usuario, el teléfono timbra muy poco, no hay mucha demanda en la línea.

Su espacio de trabajo era medianamente amplio; una ventana grande frente al escritorio donde disponía una computadora modernísima de teclado ergonómico, a un lado dos teléfonos, uno fijo y uno inalámbrico, el cual limpiaba a diario con un pañuelo por sentirlo contaminado por la suciedad verbal.

Su rutina diaria era sencilla pero no la aburría. Se levantaba no muy temprano pero a una hora decente, semidesnuda sacaba el periódico de su buzón, ponía café en la cocina, después se dirigía la baño, en el excusado hojeaba el diario, leía a grandes rasgos, más bien sólo veía las imágenes que ilustraban los textos que había corregido el día anterior. Después se metía a la regadera y se relajaba bañándose, al salir no se apuraba en vestirse pero religiosamente se aplicaba sus lociones y cremas faciales y corporales frente al espejo. En casa sólo usaba faldas y camisetas estilo masculinas “tank tops” y sandalias compradas en los pueblos zapateros de tradición, estilo oaxaqueñas. Ahora en la cocina se servía una gran taza de café amargo con crema y se iba a donde la computadora para leer en internet las noticias de otros periódicos.

Cada tercer día una señora tocaba puntualmente la puerta a las 9 de la mañana, se encargaba del aseo doméstico, toda la casa excepto cocinar, la recámara y los quehaceres de lavandería, y algunas veces la hacía de asistente. Mientras la señora limpiaba, Elena preparaba el almuerzo e invitaba a su doméstica para hacerse acompañar. Un día en que comían juntas, Elena le dijo a su empleada “Mónica ya no vengas, yo me haré cargo de los quehaceres, ya no necesito que vengas” y le entregó un sobre con más dinero del pago normal de una semana, “gracias por todo”. Terminaron de almorzar, se despidieron con un abrazo y la señora se fue a terminar sus labores, y al cumplirse dos horas y media se fue mientras Elena se afanaba en la computadora, como si quisiera hacer en una hora el trabajo de todo el día. Ya eran la 1:30 de la tarde, levantó la mirada por encima del monitor y enfocó lo que había después de la ventana: su vecina del apartamento de enfrente se entretenía haciendo un nudo en un mecate que pendía del techo del reducido balcón. Elena la miraba, cualquiera diría que la espiaba, en realidad era más factible pensar que la vecina lo hacía para llamar la atención. Este era el cuarto día y la quinta vez que la vecina hacía el simulacro de un suicidio de esta forma y de otras. Por eso Elena despidió a su doméstica, porque suficiente era para Mónica saber que la loca de su patrona respondía llamadas evocando tan puercas escenas sobre bultos y redondeces corporales con potenciales dimensiones, como para sumarle además sus actos de espionaje observando a otra loca, que no se sabe si lo es más por suicida o por montar teatros frente a la ventana de Elena con tales actos de muerte.

La vida sentimental de Elena no era muy afortunada, tenía una pareja desde hace seis años, un escritor prodigioso y mujeriego al que veía una vez al mes sólo para tomar café, caminar y confirmar que se amaban, a veces con sexo, pues éste cada quien lo obtenía por su lado, él con alguna de sus admiradoras y ella, cuando realmente tenía ganas telefoneaba a una prostituta para que la visitara, nunca la misma más de dos veces, con las que compartía su colección de juguetes.

Elena, como muchas mujeres, disfrutaba ir de compras y mantener su casa en constante redecoración. Los demás eran hábitos más que pasatiempos: leer, escribir, tomar fotografías y escuchar música. Lo que más le encantaba de su vida y mayor logro era no tener clientes que atender personalmente y no depender de la satisfacción de ninguno; los clientes de la línea telefónica eran otra cosa, era lucrar con algo absurdo, innecesario y nada productivo, es trabajar con las mentes del colectivo (como la iglesia y la política “pero más rico” pensaba), aunque en esos momentos sea para algunos desahogo y una dosis de placer.

2 comentarios:

yulumule dijo...

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